No tenía porque haber ido a esta reunión. O convención. O curso. Inútil y complaciente, se llame como se llame. Estaba pensada para quienes estaban en puestos muy por encima mío, pero todos mis superiores habían encontrado un motivo para no asistir. Me pidieron que fuera yo. Una de esas peticiones en las que se da por hecho que se van a aceptar. Nadie se molestó en escuchar mi “preferiría no hacerlo”.
Menos aún debí haber aceptado esa invitación a cenar. O mejor dicho, no debí dejarme arrastrar a esa cena. Aceptar supone una expresión de voluntad. Lo mío fue una entrega pasiva. Supongo que el que él fuera un gran jefe provocaba una tendencia a la obediencia. Muy lamentable, pero así era. Sorprendente: aunque no le tenía ningún apego al trabajo mantenía hábitos serviles. Hábitos que se aprovechan del vacío de poder. O simplemente del vacío.
Supongo que era evidente que mis defensas estaban bajas. Lo dijo más como si fuera la agenda de actos de esa noche que como una propuesta. Para el rechazo necesitaba una fortaleza de ánimo de la que no disponía. Fui capaz de una tímida duda pero no de hacer frente a la insistencia (reserva para restaurante de moda, la persona con la que iba a cenar me ha fallado…)
Sufría una crisis de energía. Y era una crisis sin oportunidad, solo caída. Mis escasas reservas habían sido consumidas por el viaje, por ese día en la gran ciudad que tan poco me gustaba. A estas alturas de mi vida, treinta y cinco desganados años, lo que le pido a una ciudad es que sea cómoda y me cause las menores molestias posibles. Todo lo contrario de lo que ocurre con ésta. Poblada, agresiva, ruidosa…
Así que me vi allí en esa cena que nada me apetecía. Cierto es que casi nada despertaba mi apetito. Le habían recomendado vivamente ese restaurante. Su estética no me permitió una recuperación. Tenía una pretensión de ser original, bohemio, y el efecto que lograba, al menos en mí, era resultar hortera y cargante, con sus colores vivos, su desvergonzada vanidad. Tampoco la comida me aportó energía. Era similar a los clientes que llenaban el restaurante; compleja solo en apariencia, mezcla de muchos elementos que formaban un conjunto insípido.
Él no estuvo mal. Apenas habíamos hablado antes. Nos presentaron en una visita suya a nuestra provincia. No trató de impresionarme comentando experiencias vividas en el mundo de los grandes directivos, ni hizo alarde de hazañas atléticas que demostraran el vigor varonil que aún conservaba a pesar de superar ya los cincuenta. En conjunto, su compañía no me resultó demasiado desagradable. Es una calificación muy favorable para un juez como yo. Sin duda influida por su mayor acierto: la elección del vino.
Entraba con suavidad e iba desarrollando toda su intensidad poco a poco, dejando calor. Sencillez al inicio, riqueza al final. Y ese color tan bonito, rojo vivo, luminoso, elegante. Disfruté, recreándome en sus sensaciones y en sus sugerencias.
Tener esa sensación de calor dentro, no era nada frecuente en mí. No era un calor propio, nada nacido de mi cuerpo, nada sensual. Era solo algo ajeno, pero que por extraño y por agradable, me parecía muy valioso, y sentía el impulso de hacer algo con él. Pero por infrecuentes, había olvidado cómo manejar mis impulsos.
Tardamos un tiempo en encontrar taxi para volver al hotel donde nos alojábamos. Yo, con las manos en los bolsillos de mi abrigo, me encogía para tratar de mantener con vida la sensación. Durante el corto trayecto por avenidas vacías, el intentaba incrementar ese calor que se debía reflejar en el color de mi rostro, en el brillo de mi mirada. Su comportamiento podría haber tenido hasta encanto, sino fuera porque era tan evidente lo que le impulsaba, e incluso si ese impulso solo pretendiera conseguir algo que solo durara esa noche, y no obtener un logro en el que se recrearía y que necesitaría contar. Logro del que se atribuiría el mérito, aunque seguro que era consciente de los efectos del vino, y quizás no solo consciente, quizás los sobrevaloraba: podía ser un elixir mágico pero no era afrodisiaco. O quizá sí lo era, pero yo había desarrollado la inmunidad.
Eso lo pienso ahora, basándome en mi memoria. En aquel momento yo estaba concentrada en mi relación íntima con el vino. No estaba borracha pues entonces solo hubiera estado él y no yo. Me sentía a mí y a él. A mí con él. Trataba de imaginar el vino dentro de mi cuerpo. El vino en mi sangre. El vino sustituyendo a mi sangre. El vino dándome más calor que mi sangre. Renovándome. Proporcionándome un ánimo que no había conocido. El vino como fuente de energía renovable. Naturaleza transformada para transformar mi naturaleza. No suficiente para cambiar el mundo, pero quizá sí para que no importe que siga igual.
Salí de mi ensoñación al abrirse la puerta del taxi. Habíamos llegado al hotel. Entre mi docilidad y mi viaje a un mundo mejor le resultó muy sencillo entrar en mi habitación. Esa docilidad, supongo que se podría confundir con aceptación, incluso con deseo.
Al menos él debió confundirlo porque ya en la 466, su comportamiento se aceleró, quizás también bajo influencia etílica, una influencia que en él parecía ser más primaría, más prosaica que la que yo experimentaba. Se mostraba impaciente, brusco. Sin deseo, pero con el estímulo cálido que sentía dentro de mí, estaba dispuesta a jugar, pero a mi manera, de la forma, quizá extraña pero sin duda hermosa y muy divertida, que el vino me sugería. Cambiar papeles, vestuarios, reglas…Transformar.
Si él hubiera tenido una mente abierta. Si hubiera tenido sentido del humor. Pero no. Se sintió ofendido. O su mente le hizo ver que debía sentirse ofendido. Aquello era demasiado raro. Una burla para alguien como él. Era incoherente con la manera que él se estaba contando esa noche, algo que su personaje nunca haría. Mi fantasía destruía su fantasía; la que había olvidado que era fantasía.
El perdió la cortesía, me quería hacer ver lo absurda que yo era, me habló con superioridad, trataba de que sus palabras le hicieran recuperar una sensación de poder, de dominio de la situación. No sé bien porque entonces surgió mi rebeldía. Dije algo demasiado certero. Diana casual. Me insultó, pero continúe tranquila por la brecha abierta. Quería que me callara. Me empujó. Caí en la cama. Era la violencia de quien quiere destruir los espejos. Fue suficiente para que yo sintiera un impulso de defensa. Había olvidado cómo manejar mis impulsos.
Mi bolso estaba sobre la cama. Abierto. Fue extraño. Lo primero que vi fue aquel viejo regalo de mi padre, que siempre estaba en el fondo: la navaja que podía librarme de todo mal. La cogí, la abrí, me levanté, lancé el brazo hacia él. Diana casual. La afilada hoja llegó al cuello, cortó la vena. Sangre descorchada, manchando de rojo. Cayó en la cama. Diría que en esa mirada había más de sorpresa que de horror.
Sucia, agitada, excitada, pensando que esta sensación debía ser lo que llaman sentirse viva. Lástima que no hubiera nadie en la habitación con quien la pudiera compartir.
martes, 19 de mayo de 2009
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