domingo, 16 de agosto de 2009

Sirena

Seguían el canto de una sirena, pero era el canto sin emoción, monótono, de una sirena rutinaria. Una sirena que solo atraía a personas sin entusiasmo que se movían con el cansancio de quien ha sido arrancado de sus sueños, viajeros, que no al tener a su alcance destinos prometedores, se sacrificaban a cambio de la gris recompensa que la sirena les sugería. Era una sirena sin magia en la voz, sin alegría ni dolor, sin culpa ni vanidad, que cantaba igual cada día, nevara o hiciera sol, que no deseaba modificar su canto, ni para mejorarlo ni para expresar algo distinto. Era lo que podíamos llamar una sirena de fábrica.

jueves, 13 de agosto de 2009

Caos

Sentido no pretendo. No le cambio el nombre al caos. No confió en él. No le culpo. Formo parte de él. A veces molesto, a veces agrado. No confíes en mí. No me culpes. O sí, como prefieras. No puedo poner orden en ti, tú formas parte del caos. Tú eres tan caos como yo. Serás más o menos caótico pero estás igual de dentro en el caos. No puede culparte porque confíes en mí o me culpes. No solo depende de ti. Es así. Lo acepto. A veces no lo acepto tan bien. No te enfades sino lo acepto. No te lo tomes como algo personal me enfado contigo. Sé que no solo depende de ti. Aunque sea a ti a quien dirija mi enfado o mi alegría. Puede parecer mi voluntad, incluso a mi puede parecérmelo, pero forma parte del caos. Ese es su nombre. No pretendas sentido.

Con voz propia

Un día perdió su voz. Fue tras una experiencia muy desagradable: se atrevió a decir algo íntimo, y no le comprendieron, ni lo intentaron, le miraron raro. Para poder comunicarse consiguió imitar otras voces. Eran voces que apenas se parecían a la suya, algo maquinales, pero que no causaban rechazo, aunque tampoco ganaban simpatías valiosas. Hasta que la conoció y sintió tantas ganas de expresar algo muy íntimo, que sentía, o creía sentir, muy fuerte, muy dentro. Lo quiso decir a su manera. Su impulso se vio reforzado al pensar que ella deseaba mucho escucharle. Y recuperó su voz. Se sintió muy bien, al escuchar su propio timbre. Ella no le comprendió, aunque un poco lo intentó, le miró raro, pero él no volvió a perder la voz.

La caída de las grandes palabras

Decíamos esas palabras despreocupadamente. Sí, tenían un significado profundo, todos lo sabíamos, pero eran usadas con mucha frecuencia, en conversaciones cotidianas, triviales, sobre todo cuando queríamos mostrar cierto aire transcendente o aparentar que lo que decíamos era importante, o cuando dramatizábamos las emociones que sentíamos o pretendíamos sentir. Y de repente, aquella tarde tan fría se materializaron en el aire, y todos los que miramos hacia arriba vimos esas palabras escritas, como nubes, pero mucho más sólidas. Y poco tiempo después de haber aparecido comenzaron a caer:
Nadie entendió que pasaba cuando la Comprensión les tapó toda la luz.
La Eternidad destrozó en un instante varios monumentos históricos.
La Integración provocó muchos daños en un barrio residencial muy exclusivo.
Todo el peso de la Justicia cayó sobre el corazón de la ciudad.
Cientos de adolescentes que presenciaban un concierto murieron por Amor.
Una multitud se quedo quieta y en silencio por Respeto.
La Tolerancia se dividió en el aire y cayó sobre los extremos este y oeste de la ciudad.
La Libertad despojó a muchos de todo lo que tenían.
La Dignidad no mató a nadie; afortunadamente apareció a ras del suelo.
La Sinceridad y la Honestidad destruyeron muchas fachadas.
Muchos sueños terminaron al chocar la Inocencia contra el suelo.
La Igualdad se demoró un poco y cayó sobre una zona que no había sido afectada.
La caída de la Confianza provocó grandes destrozos en las redes de comunicación.
El edificio central de una multinacional quedo reducido a polvo por Humildad.
Pero nada hizo más daño que la Verdad.
Los sobrevivientes incrédulos, aturdidos, conmocionados, tratamos de auxiliar a los heridos. Cuando empezábamos a reorganizarnos, alguien volvió a mirar al cielo y vio llegar a los Tópicos.

Camiseta

Estaba en un lo que podíamos llamar el Portugal de mi armario; una zona ignorada, inexplorada, aunque estuviera cercana al territorio donde habitaba mi ropa cotidiana y la de poco uso que me gustaba mucho. Me he reencontrado con ella al preparar mi cercana mudanza.
Que hubiera dejado de lado la camiseta no quería decir que hubiera olvidado toda su historia, que emergió de mi memoria.
El momento en que él me la regaló, lo que significó para mí, por el dibujo, por lo que había escrito, y porque conocía cual era su intención al regalármela y lo que sentía. Lo que él sentía; lo que yo sentía quizá era diferente. Aunque no era un caso tan claro de “uno quiere, el otro se deja querer”, no, no era tan claro, pienso yo, aunque es cierto que puede parecerlo. Y seguro que él lo piensa. En fin, échame a mí la culpa, chico, sí así te quedas tranquilo. Tú, víctima de la mujer de hielo, la poderosa dama que convierte los sentimientos que despierta en cubitos de amor verdadero. Los cubatas le saben mejor con un par de ellos. Nota para un posible cómic.
Pues no. No era tan así. Lo crea él o no. Prueba de ello es el valor que para mi tenía la camiseta. Él se quejaba de que apenas me la ponía. Pero no es cierto. Lo que pasa es que la llevaba como camiseta interior no a la vista. Para mí era muy especial, pero para los demás era solo un vestuario extraño y no me apetecía explicar que sentido tenía y porque me gustaba tanto. La llevaba en momentos muy importantes para mí; me hacía sentir bien y tener confianza. Por ejemplo, la tuve puesta durante todos los exámenes de la oposición. Incluso la llevé después del suspenso en el primer año en que iba en serio; quería seguir teniendo fe, me cargaba a mí misma con la responsabilidad de los fracasos y la atribuía a ella una importante participación en los éxitos.
También me la puse en aquel viaje, juntos, que comencé con tanta ilusión, buscando dar el paso definitivo, alcanzar el mítico país de las parejas felices, y que acabó en decepción e inició el retroceso.
Después de aquel viaje, vuelta a la dedicación exclusiva al estudio. La camiseta fue perdiendo magia poco a poco; los últimos pensamientos antes de dormir y algún otro que se colaba durante el día no favorecían la continuidad de su poder. Quizá me equivoqué, nunca se sabe, pero me acabé por convencer de que lo que él sentía no era del todo auténtico, que lo intentaba no por ser yo como soy sino a pesar de ello, que con esa forma de sentir y con ese carácter era el hombre ideal para rescatarme si un dragón me apresaba, pero no el aliado más adecuado para luchar contra la tarde de los domingos.
Aun así, la camiseta me acompañó el resto de mi tiempo como opositora. Así que yo quería, y quería querer más aun. Esa es la verdad, aunque reconozco que muchos no lo creen. En especial, son bastante incrédulos quienes saben que rompí con él la noche en que celebrábamos mi aprobado. Pero es que escuchaba sus proyectos, futuros en plural conmigo dentro, y pensé que tenía que terminar con ellos antes de que se hicieran más grandes y poderosos. Tampoco puedo pretender que fue solo por él; en ese momento me sentía demasiado libre para soportar verme atada por sueños ajenos.
La asociación era inmediata. No quería tener presente esa relación, así que condené al exilio a ese símbolo vaciado. Ahora, unos meses después, a punto de dirigirme a mí primer destino como funcionaria, la camiseta se ha independizado. Y me doy cuenta de que la tengo mucho cariño. Aunque esté desgastada, aunque haya perdido color, no solo soy incapaz de echarla al montón de la ropa que no me acompañará, sino que la pondré en un lugar muy a mano, donde no exista riesgo de pérdida. Ya no es el recordatorio de una relación finalizada. Ahora, al iniciar una nueva etapa, la voy a convertir en mi uniforme de heroína con una superpoderosa buena actitud. Va a ser el símbolo de mi capacidad de mantener las ilusiones. O, al menos, las esperanzas humildes.

martes, 19 de mayo de 2009

Rojo

No tenía porque haber ido a esta reunión. O convención. O curso. Inútil y complaciente, se llame como se llame. Estaba pensada para quienes estaban en puestos muy por encima mío, pero todos mis superiores habían encontrado un motivo para no asistir. Me pidieron que fuera yo. Una de esas peticiones en las que se da por hecho que se van a aceptar. Nadie se molestó en escuchar mi “preferiría no hacerlo”.
Menos aún debí haber aceptado esa invitación a cenar. O mejor dicho, no debí dejarme arrastrar a esa cena. Aceptar supone una expresión de voluntad. Lo mío fue una entrega pasiva. Supongo que el que él fuera un gran jefe provocaba una tendencia a la obediencia. Muy lamentable, pero así era. Sorprendente: aunque no le tenía ningún apego al trabajo mantenía hábitos serviles. Hábitos que se aprovechan del vacío de poder. O simplemente del vacío.
Supongo que era evidente que mis defensas estaban bajas. Lo dijo más como si fuera la agenda de actos de esa noche que como una propuesta. Para el rechazo necesitaba una fortaleza de ánimo de la que no disponía. Fui capaz de una tímida duda pero no de hacer frente a la insistencia (reserva para restaurante de moda, la persona con la que iba a cenar me ha fallado…)
Sufría una crisis de energía. Y era una crisis sin oportunidad, solo caída. Mis escasas reservas habían sido consumidas por el viaje, por ese día en la gran ciudad que tan poco me gustaba. A estas alturas de mi vida, treinta y cinco desganados años, lo que le pido a una ciudad es que sea cómoda y me cause las menores molestias posibles. Todo lo contrario de lo que ocurre con ésta. Poblada, agresiva, ruidosa…
Así que me vi allí en esa cena que nada me apetecía. Cierto es que casi nada despertaba mi apetito. Le habían recomendado vivamente ese restaurante. Su estética no me permitió una recuperación. Tenía una pretensión de ser original, bohemio, y el efecto que lograba, al menos en mí, era resultar hortera y cargante, con sus colores vivos, su desvergonzada vanidad. Tampoco la comida me aportó energía. Era similar a los clientes que llenaban el restaurante; compleja solo en apariencia, mezcla de muchos elementos que formaban un conjunto insípido.
Él no estuvo mal. Apenas habíamos hablado antes. Nos presentaron en una visita suya a nuestra provincia. No trató de impresionarme comentando experiencias vividas en el mundo de los grandes directivos, ni hizo alarde de hazañas atléticas que demostraran el vigor varonil que aún conservaba a pesar de superar ya los cincuenta. En conjunto, su compañía no me resultó demasiado desagradable. Es una calificación muy favorable para un juez como yo. Sin duda influida por su mayor acierto: la elección del vino.
Entraba con suavidad e iba desarrollando toda su intensidad poco a poco, dejando calor. Sencillez al inicio, riqueza al final. Y ese color tan bonito, rojo vivo, luminoso, elegante. Disfruté, recreándome en sus sensaciones y en sus sugerencias.
Tener esa sensación de calor dentro, no era nada frecuente en mí. No era un calor propio, nada nacido de mi cuerpo, nada sensual. Era solo algo ajeno, pero que por extraño y por agradable, me parecía muy valioso, y sentía el impulso de hacer algo con él. Pero por infrecuentes, había olvidado cómo manejar mis impulsos.
Tardamos un tiempo en encontrar taxi para volver al hotel donde nos alojábamos. Yo, con las manos en los bolsillos de mi abrigo, me encogía para tratar de mantener con vida la sensación. Durante el corto trayecto por avenidas vacías, el intentaba incrementar ese calor que se debía reflejar en el color de mi rostro, en el brillo de mi mirada. Su comportamiento podría haber tenido hasta encanto, sino fuera porque era tan evidente lo que le impulsaba, e incluso si ese impulso solo pretendiera conseguir algo que solo durara esa noche, y no obtener un logro en el que se recrearía y que necesitaría contar. Logro del que se atribuiría el mérito, aunque seguro que era consciente de los efectos del vino, y quizás no solo consciente, quizás los sobrevaloraba: podía ser un elixir mágico pero no era afrodisiaco. O quizá sí lo era, pero yo había desarrollado la inmunidad.
Eso lo pienso ahora, basándome en mi memoria. En aquel momento yo estaba concentrada en mi relación íntima con el vino. No estaba borracha pues entonces solo hubiera estado él y no yo. Me sentía a mí y a él. A mí con él. Trataba de imaginar el vino dentro de mi cuerpo. El vino en mi sangre. El vino sustituyendo a mi sangre. El vino dándome más calor que mi sangre. Renovándome. Proporcionándome un ánimo que no había conocido. El vino como fuente de energía renovable. Naturaleza transformada para transformar mi naturaleza. No suficiente para cambiar el mundo, pero quizá sí para que no importe que siga igual.
Salí de mi ensoñación al abrirse la puerta del taxi. Habíamos llegado al hotel. Entre mi docilidad y mi viaje a un mundo mejor le resultó muy sencillo entrar en mi habitación. Esa docilidad, supongo que se podría confundir con aceptación, incluso con deseo.
Al menos él debió confundirlo porque ya en la 466, su comportamiento se aceleró, quizás también bajo influencia etílica, una influencia que en él parecía ser más primaría, más prosaica que la que yo experimentaba. Se mostraba impaciente, brusco. Sin deseo, pero con el estímulo cálido que sentía dentro de mí, estaba dispuesta a jugar, pero a mi manera, de la forma, quizá extraña pero sin duda hermosa y muy divertida, que el vino me sugería. Cambiar papeles, vestuarios, reglas…Transformar.
Si él hubiera tenido una mente abierta. Si hubiera tenido sentido del humor. Pero no. Se sintió ofendido. O su mente le hizo ver que debía sentirse ofendido. Aquello era demasiado raro. Una burla para alguien como él. Era incoherente con la manera que él se estaba contando esa noche, algo que su personaje nunca haría. Mi fantasía destruía su fantasía; la que había olvidado que era fantasía.
El perdió la cortesía, me quería hacer ver lo absurda que yo era, me habló con superioridad, trataba de que sus palabras le hicieran recuperar una sensación de poder, de dominio de la situación. No sé bien porque entonces surgió mi rebeldía. Dije algo demasiado certero. Diana casual. Me insultó, pero continúe tranquila por la brecha abierta. Quería que me callara. Me empujó. Caí en la cama. Era la violencia de quien quiere destruir los espejos. Fue suficiente para que yo sintiera un impulso de defensa. Había olvidado cómo manejar mis impulsos.
Mi bolso estaba sobre la cama. Abierto. Fue extraño. Lo primero que vi fue aquel viejo regalo de mi padre, que siempre estaba en el fondo: la navaja que podía librarme de todo mal. La cogí, la abrí, me levanté, lancé el brazo hacia él. Diana casual. La afilada hoja llegó al cuello, cortó la vena. Sangre descorchada, manchando de rojo. Cayó en la cama. Diría que en esa mirada había más de sorpresa que de horror.
Sucia, agitada, excitada, pensando que esta sensación debía ser lo que llaman sentirse viva. Lástima que no hubiera nadie en la habitación con quien la pudiera compartir.