Estaba en un lo que podíamos llamar el Portugal de mi armario; una zona ignorada, inexplorada, aunque estuviera cercana al territorio donde habitaba mi ropa cotidiana y la de poco uso que me gustaba mucho. Me he reencontrado con ella al preparar mi cercana mudanza.
Que hubiera dejado de lado la camiseta no quería decir que hubiera olvidado toda su historia, que emergió de mi memoria.
El momento en que él me la regaló, lo que significó para mí, por el dibujo, por lo que había escrito, y porque conocía cual era su intención al regalármela y lo que sentía. Lo que él sentía; lo que yo sentía quizá era diferente. Aunque no era un caso tan claro de “uno quiere, el otro se deja querer”, no, no era tan claro, pienso yo, aunque es cierto que puede parecerlo. Y seguro que él lo piensa. En fin, échame a mí la culpa, chico, sí así te quedas tranquilo. Tú, víctima de la mujer de hielo, la poderosa dama que convierte los sentimientos que despierta en cubitos de amor verdadero. Los cubatas le saben mejor con un par de ellos. Nota para un posible cómic.
Pues no. No era tan así. Lo crea él o no. Prueba de ello es el valor que para mi tenía la camiseta. Él se quejaba de que apenas me la ponía. Pero no es cierto. Lo que pasa es que la llevaba como camiseta interior no a la vista. Para mí era muy especial, pero para los demás era solo un vestuario extraño y no me apetecía explicar que sentido tenía y porque me gustaba tanto. La llevaba en momentos muy importantes para mí; me hacía sentir bien y tener confianza. Por ejemplo, la tuve puesta durante todos los exámenes de la oposición. Incluso la llevé después del suspenso en el primer año en que iba en serio; quería seguir teniendo fe, me cargaba a mí misma con la responsabilidad de los fracasos y la atribuía a ella una importante participación en los éxitos.
También me la puse en aquel viaje, juntos, que comencé con tanta ilusión, buscando dar el paso definitivo, alcanzar el mítico país de las parejas felices, y que acabó en decepción e inició el retroceso.
Después de aquel viaje, vuelta a la dedicación exclusiva al estudio. La camiseta fue perdiendo magia poco a poco; los últimos pensamientos antes de dormir y algún otro que se colaba durante el día no favorecían la continuidad de su poder. Quizá me equivoqué, nunca se sabe, pero me acabé por convencer de que lo que él sentía no era del todo auténtico, que lo intentaba no por ser yo como soy sino a pesar de ello, que con esa forma de sentir y con ese carácter era el hombre ideal para rescatarme si un dragón me apresaba, pero no el aliado más adecuado para luchar contra la tarde de los domingos.
Aun así, la camiseta me acompañó el resto de mi tiempo como opositora. Así que yo quería, y quería querer más aun. Esa es la verdad, aunque reconozco que muchos no lo creen. En especial, son bastante incrédulos quienes saben que rompí con él la noche en que celebrábamos mi aprobado. Pero es que escuchaba sus proyectos, futuros en plural conmigo dentro, y pensé que tenía que terminar con ellos antes de que se hicieran más grandes y poderosos. Tampoco puedo pretender que fue solo por él; en ese momento me sentía demasiado libre para soportar verme atada por sueños ajenos.
La asociación era inmediata. No quería tener presente esa relación, así que condené al exilio a ese símbolo vaciado. Ahora, unos meses después, a punto de dirigirme a mí primer destino como funcionaria, la camiseta se ha independizado. Y me doy cuenta de que la tengo mucho cariño. Aunque esté desgastada, aunque haya perdido color, no solo soy incapaz de echarla al montón de la ropa que no me acompañará, sino que la pondré en un lugar muy a mano, donde no exista riesgo de pérdida. Ya no es el recordatorio de una relación finalizada. Ahora, al iniciar una nueva etapa, la voy a convertir en mi uniforme de heroína con una superpoderosa buena actitud. Va a ser el símbolo de mi capacidad de mantener las ilusiones. O, al menos, las esperanzas humildes.
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